
Todos los días son similares... lo que quiero decir es que creo estar perdiendo la noción... bueno no hay que ser exagerado; he trabajado muy duro.
Alrededor mío mi habitación, desordenada, poca luz entra por la ventana y muestra el arruinado parquee. Del resto no se nada, se encuentra todo en la oscuridad y....mmm un pedazo de comida que acabo de pisar... unos días debe tener.
El cansancio me invade de una manera muy extraña. Quisiera saltar, gritar; estoy un poco ansioso.
¿Te ha tocado alguna vez el quedarte dormido sobre tu cama, y despertar momentos después con todo tan igual, y solo sientes que no has dormido?, no parece que lo hayas hecho.
Es como si tus sueños hayan sido suprimidos.
La verdad es que en estos momentos quisiera descansar, pero me desilusionaría tanto con migo mismo al verme en aquella situación. No puedo, ni quiero creer que he agotado mi imaginación en estas últimas noches, aún así sé (muy de enfado) que mi novela se encuentra en un punto muerto... y que mis cuadros son una porquería... y para que mentir, no tengo talento. Creo que el escribir es mi única salida, aun así me siento un fracaso; soy menos artista que persona, y dudo de mi persona, es la verdad, desde que me encontré hablándole apasionadamente a un macetero... bueno, todos le hablan a las cosas, distrae y entretiene, pero no de la forma en que me encontré a mi mismo.
Balbuceo un poco para quejarme de todo en un idioma que pudiese ser francés, si es que supiera cómo hablarlo. Algunas veces sé alemán, pero es mentira, y cuando me lo digo me siento muy solo. Tengo nombres para todo, y se alternan en calificativos y palabras compuestas, o juegos de sonidos. Aun así me siento solo, aunque no me supera; soy fuerte.
Cuando ya no puedo más de mi repugnante inutilidad, tomo las escaleras y bajo de mi departamento hacia la alameda. Camino alejándome un poco del terminal de trenes hasta llegar a San Diego en donde hojeo algunos libros y otros los miro inquisitivamente, aunque semanas más tarde ese mismo prejuicio me lleva a gastar el poco dinero que poseo en ratificar aquellos pensamientos. Generalmente son malísimos libros de portadas muy llamativas (en el limite de lo pirata) pero cuando los leo me siento seguro de mis convicciones, y soy alguien de nuevo, aunque aquello dure 5 minutos y muero de hambre posteriormente si no logro venderlos en la calle a los ambulantes.
Si es desesperante el ocio en el encierro, en las afueras es desquiciante; hay tantas cosas que quisiera hacer y probar, pero cuando en mi infantil impulso me veo figurando, bajo la cola como un perro arrepentido, aunque a veces lucho contra la vergüenza; que es tan hermosa esta ciudad y de tan extraña manera.
Edificios de mucha antigüedad se elevan fríos hacia el cielo teñido gris, sucio más que simbólico. Desde Balmaceda suelo mirar por los ventanales hacia la catedral en plaza de armas, en Matucana cuento los santos de la basílica de Lourdes y en santa Isabel me siento como arropándome de la húmeda fuente, en tanto San Sacramentino me tapa el sol de la tarde. No es solo belleza arquitectónica; a cada esquina y en cada peldaño de los templos se encuentra un mendigo enfermo de muerte, con su inocente tez monstruosa, sus ojos casi quemados, miembros amputados, a veces sostienen su primogénita y torcida descendencia en brazos. Peculiar es que todos sobreviven en las faldas de aquellas frías construcciones de lejanos años, tan ignorantes de su lugar en este mundo; no saben que quizás de su malhadada vida respiran los últimos soplos para mantener los vicios alcohólicos de sus podridos hasta las entrañas padres.
Todo aquello vive; es fuente y motor de los sentimientos más espontáneos de miedo e inseguridad.
Mientras algunos solo tomarían esta escena como el esfuerzo de los hongos por sostenerse al pie del elefante, yo me admiro de su noble belleza y no puedo evitar ser analítico. Claro está que son ellos la consecuencia directa da la actitud imponente y arrogante de las personas; aquellos mendigos son el subproducto de la nuestra antiecológica maquina; de nuestra sociedad, que por los parches a los antipáticos cánones deja escapar la suciedad que todos llevamos dentro.
Ahora me encuentro enojado mirando al mendigo; tiene síndrome de Down y su tos aguada y prolongada me da la impresión de una pulmonía; más aún es un símbolo tan fuerte, tan reconocible, tan noble como esa enfermedad de la belleza por fealdad; algo tan natural. Estoy furioso por que él, en si, es más artista de lo que nunca seré yo; su miseria es su obra maestra, y trabaja en ella, y la perfecciona de tal manera que cuando ya no lo vea nunca más en su esquina me emocionaré hasta las lagrimas por la exquisitez del final de su performance.
Se que soy egocéntrico e insensible; soy constructivista. Soy de la extensión sindicalista del oposicionismo desafiante, del egocentrismo y la psicopatía enamorada. Pero el problema es que en esté sindicato nunca estamos de acuerdo, y hay siempre duras y desalentadoras disputas. Sí, nos negamos, pero somos un movimiento. No les miento; uno muy individualista pero somos, y aunque no organizados, figuramos. Somos una reacción tan natural e innata en el ser humano; somos el descontento de la soledad y el miedo a esta misma. Sé que puedo ser artista, respondo a la más complicada nobleza: la naturaleza del hombre.
Así es mi vida, así me doy ánimos para indagar cada vez más en la apología de mi existencia. Mi argumento es la nobleza de mi esencia. Se que soy natural del ser humano, sé que el arte es parte del subproducto desta inmunda maquina. Pero aún así no me perdono el no poder perfeccionarme como quiero: ser el subproducto puro, el sedimento, el fondo cargado de lo desplazado al olvido que tanto manifiesta su hedor. Por eso no puedo concebir encontrarme en esta situación de agotada creatividad. No me quiero desilusionar, no quiero ceder ni creer que la solución es alimentar al monstruo de mi armario. Quiero ser tan arte como aquel adefesio pedigüeño y miserable, tan puro y tan significativo. Me aproblema no poder; yo no soy mi arte, y no puedo ser ni actor ni bailarín, por eso debo indagar en la confusa estética, sacar aquellos golpes que lagrimen los ojos de los lectores y hacerme inmortal como una idea platónica.
Todo tiene una carga negativa cuando más animal me siento, un animal que en vez de cruzar el río quiere conocer su extensión, y posteriormente se desilusiona de su impotencia pues he olvidado el camino para cruzarlo.
No quiero alimentar al monstruo que temo. Estoy débil y desnutrido, no quiero vivir la desesperación del insomnio ni la luchar contra mis demonios, así que ahora salgo y voy por psicotrópicos; cualquiera que me lleve lejos...
Estracto Nuevo Proyecto
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