
Historia de Una Interacción Silenciosa
Tomaba un café tan suave, tan rustico y natural, que todavía sabía a tierra. Las manos de quien lo labró le dieron la amargura, y su fuerte aroma, la tierra de quien sobrevivió. Dejé una propina generosa y salí del local. La propina hizo feliz a la mesera, quien se compró un vestido lleno de buenas voluntades. Caminaba preciosa por la calle luciendo su juvenil talle. La vio un soldado y se llenó de recuerdos; vio a su madre y a su hermana y se las llevó paso a paso, caminando distraído. Una mujer lo vio pasar y rehuyo su compañía, se abrazó a su novio y él se llenó de felicidad. Llamó a su amiga por teléfono y dejó que vertiese sus penas; quedó serena y viajó hacia el reencuentro. Una joven blanquecina los vio besarse y se llenó de sueños, se acaloró, se soltó el cabello.
Me la encontré sentado en un vagón del tren subterráneo, llamó instantáneamente mi atención. Su aroma detuvo el tiempo e hizo sutil su caída al asiento. Embriagaba cada suspiro mío hacia la pubertad. Cerraba los ojos para no mirarla, no obstante sabía que seguía allí. El momento se hizo eterno, podía ver como nuestros cuerpos interactuaban en agitadas respiraciones reprimidas. Sus mejillas tomaban color, y nuestras rodillas se rozaban sin intención. Sabía yo que se bajaría junto a mí, así que tranquilo me levante y caminé hacia la salida de la estación.
En la esquina de la calle pasó y su cabello claro acarició mi hombro. Tomé un último suspiro de su fragancia y me evocó un calor enamorado. La seguí hasta el puente, sintió mis pasos muy de cerca, no se aceleró y con confianza y sensualidad llevó sus caderas hasta el final del puente.
Me detuve y ella siguió su rumbo coqueta. - Te amo - , le dije desde lejos; cayeron en oídos sordos.
Un borrachín desde la otra acera comenzó a reír:
- La cosifica -, me dijo fuerte, muy ebrio y desde la distancia.
- …Mi olfato la ama -. Le hable fuerte de vuelta. - Nadie te amará como te amó mi olfato - dije en voz más tranquila. - Nadie puede evitar los significados -, agregué a mi respuesta.
- La cosifica -, dijo mas leve el vagabundo beodo. Lo escuche y moví la cabeza; el borrachín sonreía feliz y me dirigí a mi hogar lleno de aprobación.
Por otro lado, el vagabundo despertó feliz con su resaca, recordó su pasado y se celebró llevándose un pan a la boca. Le dio la mitad a su perro quien movió la cola tan fuerte que golpeó el diario de un señor mientras éste leía. Su enojo fue leve así que dejó el diario en la banca y se cambió hacia la oficina. Caída la tarde lo tomó una señora para aligerar su espera. La encontró leyendo el diario y sintió pena de su tardanza. Se mordió los labios y la llevó de la mano con rudeza, hasta que ella lo paró, discutió con él, dio media vuelta y se marchó. Otra señora presenciaba lo que sucedía y recordó a su marido. Cuando éste volvió tarde en la noche ella se enceló y gritaron. Desde el apartamento de abajo salió un joven cansado de los gritos y pateó el suelo. Pasaron los meses y la loza se gastó, la loza cazó un taco y lo llevó al suelo junto a una ancianita. Llegaron sus familiares a verla al hospital y su entrecejo se volvió más ligero. La llenaron de cariño muy sincero que ruborizó a la enfermera de turno quien tocó a un enfermero muy suavemente en el hombro.
Cuando se casaron, una joven saltó muy fuerte a alcanzar el ramo, otra cayó al suelo sin querer. La joven que alcanzó el ramo se llenó de felicidad y esperanza, llegó a su hogar y de madrugada cogió el teléfono. Recibí su llamada y supe que era momento de despertar así que caminé hasta la estación del tren subterráneo a esperar el tren.
La que cayó al suelo salió antes del matrimonio, se subió a un bus y llegó a su hogar, alimentó a su gato y dejó el televisor prendido. En el departamento de abajo, una joven blanquecina oyó el ruido y despertó de su sueño. Se percató que era hora de levantarse y llevó su cuerpo a sus aseos, se perfumó y salió a caminar hasta la estación.
Me la encontré sentado en un vagón del tren subterráneo, llamó instantáneamente mi atención. Su aroma detuvo el tiempo y su caída fue sutil. La miré, sentí su olor, nos ruborizamos, nos reconocimos y nos comunicamos silenciosamente; nuestras manos se acercaron y nuestras rodillas se rozaron sin intención. Nos bajamos juntos. Caminamos por el paseo, ella adelante y yo siguiéndola, embriagado por su perfume y la humedad que todavía destilaba de su cabello clarízo. Mis pasos iban muy cercanos, no obstante los suyos no se apresuraban; se mantenían estables a fuerza de curiosidad y condescendencia.
Sin conciencia de lo que hacía la rebasé y la enfrenté. Quedó perpleja mirándome sin entender que sucedía. La salude: - Hola -, le dije.
- ¿Quién eres? -, Preguntó desentendida. Coloqué mi mano sobre su mirada, - Cierra los ojos - le dije. Fue sumisa. Se ruborizaba, sus respiraciones eran sostenidas con trabajo, y su aroma comenzaba a llenarnos a ambos. La desperté de su letargo y finalmente respondí:
- Ese -.
"Extracto, eva raseac, cuentos".